Mi ventana frente a la costa Irelania
Desperté.
Con la angustia en el vientre.
El mar por la ventana seguía infestado de velas blancas brillando en la noche.
Sabía que tanta actividad en la costa irelania no facilitaba en absoluto mi propósito. Las aguas estaban más revueltas que nunca. Apenas sería posible encontrar un momento tranquilo para proseguir las inmersiones. Para buscarla a ella.
En el fondo de mi alma seguía sintiendo su llamada. Su voz de diosa del mar enterrada. La brisa salada no me dejaba pensar en otra cosa por mucho tiempo.
Pero ahora todo estaba lleno de lemurios ruidosos. Cada calle, cada taberna del puerto, cada prostíbulo, cada plaza, cada mercado. Y lo que es peor, cada centímetro del mar próximo a la bella ciudad de Irelai.
Tenía miedo de que la …. ejm.. de que [ella] en la confusión de las aguas pudiera no verme. Pudiera olvidar que sigo buscándola y que su viejo plan, urdido en tiempos remotos, cuando ni siquiera había irelanios ni ruidosos lemurios sobre esta tierra, ni se habían forjado aun los basamentos de la hermosa Irelai, seguía su marcha inexorable. Y que por muy pequeño que yo sea no traicionaría jamás el proyecto ciclópeo de mi semidiosa marina enterrada.
Pero corrían tiempos confusos. Nada me quedaba hacer salvo esperar a que el mercado nuevo (la última absurda idea del aburrido duque Pazzino) decayera, y todos los mercaderes, marineros, lemurios varios, estafadores y ladronzuelos dejaran la ciudad. Y sobre todo, que dejaran tranquilas las aguas verde turquesa de Irelai.
Volví a caer en la duermevela. Hay dentro de mi un sentimiento mucho más profundo que la angustia de mi vientre.
[continuará… o no]


